ejercicio
Estoy escribiendo un réquiem para mi propia muerte, y para que sea leído por nadie. No dije para todos y para nadie, como la absolutamente trillada frase de Nietzsche y que se ha impuesto sobre la escritura de la totalidad del siglo XX (escribir para todos, es decir, la perversión de la escritura por la redacción, etc). Me refiero a escribir para nadie en absoluto. Solo para tí. Género de dos en dos, y yo como siempre el tercero. Hagamos circular este texto de dos en dos y en privado, como sabemos que no va a poder serlo. Seamos el tercero del otro. Pero no seamos nada. Escribo las siguientes letras: e s c r i b o l a s s i g u i e n t e s l e t r a s. Después de ellas otras: o t r a s. Ya no quiero escribir hacia arriba como lo he hecho toda mi vida. No quiero escribir para abajo tampoco. Escribo para tí: figura paterna secreta que debes reprimir tus propios escritos en la ciudadela posmoderna, solo para poder comer y sobrevivir. Sé muy bien los textos secretos que tienen debajo de tus cubículos y escritorios, y que deseas con todo amor y todo odio poder alguna vez dejar que sean leídos y abandonarlos como abortos de barcos de papel por los caños donde ya no se pueden hacer barcos de papel por que destruimos el mundo y creamos una especie de apocalípsis medio ambiental nimio de pequeños movimientos cotidianos y pueriles que avanzan uno por uno y segundo por segundo en completa calma y en completo silencio y en completo detenimiento de inercia. Sacerdotes con textos debajo de sus camas de piedra, esperando el día de sus muertes para ser leídos. Eso eres tú, quien lees esto. Pero con saco y corbata, o con sombreros ya no más, sino con tu pelo al viento, como nos gusta verte enseñarnos con la paciencia y la calma no d e alguien descansado, sino absolutamente somnoliento por tener que leer una y otra vez los mismos textos y exámenes y requerimientos burocráticos del mismo espantoso y absoluto proceso. Vean las letras como sobresalen negras sobre el fondo blanco, tapando el fondo blanco de los ordenadores o los pedazos de papel. Son como dibujos que no se detienen. Como las teclas de un piano o los dedos cansados de alguien que no soporta no poder cerrar de vez en cuando los ojos y las pestañas. Este texto no representa nada. Lo va a leer realmente alguien que lo encuentre. Esa persona (tú) me va a tener que creer que no estoy escondido más detrás de ningún yo, ni narrador épico o lírico, ni mímesis o simulación dramática. Mucho menos que es esto algún tipo de manual técnico, biografía, diario o tan siquiera una carta. Me vas a tener que creer que mis últimos 22 años de vida han sido simplemente unos tiempos extra, dicho así de una forma espesa y graciosa, para decir que llevo mucho tiempo esperándote, requiem. Me vas a tener que creer (o no) que lo estoy haciendo por amor. Que no me interesa nada ni nadie de lo que está aquí. Ni mucho menos me intereso yo. ¿Será que interés no es vivir? ¿Será que vivir una vida desinteresada, me quita de la cara la inercia? ¿Y que la inercia voluntaria me tira abajo por colina una y otra vez? Aquí estoy yo. Allá estás tú. Todavía no aquí. Aquello, allá, por favor, hacia aquí. Tú ven aquí. Tú que no estás aquí ni allá de nuevo, sino en el otro allá que ya no veo de tí. Ven a leer esto, donde estoy, si pudieras. Yo que estoy siempre en el mismo lugar, pero no tú siempre moviéndote, espero sepas que me muevo también contigo del mismo modo que ocupamos el mismo espacio de siempre por más que nos movemos.

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